HAGAMOS UN ACUERDO DE PAZ MENTAL
- Gustavo Zuluaga Consuegra

- hace 1 día
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Cada uno ve la política desde su propia perspectiva personal, construida a partir de lo que ha vivido, de sus circunstancias, de lo que observa en su día a día, de lo que escucha, de lo que consume, de lo que le afecta directamente y de lo que ha experimentado en carne propia.
Nada de eso es neutro. Todo va moldeando la forma en que interpretamos la realidad.
Por eso, cada visión es necesariamente reducida: no porque sea falsa, sino porque está limitada por el lugar desde donde se mira. Ninguna postura alcanza a ver el todo. Cada una refleja solo una parte de la realidad, filtrada por la experiencia individual.
Y en ese sentido, no es que las visiones sean equivocadas por ser distintas, sino que son incompletas por naturaleza. Por eso, el voto es personal y no es equivocado; refleja un análisis propio, independientemente de la postura a la que se llegue.

Hagamos, entonces, un acuerdo de paz mental.
Ya que esa paz material, esa paz real entre hermanos no la hemos logrado —y pareciera que cada vez se nos escapa más—hagamos entonces un acuerdo distinto: un acuerdo de conciencia.
Porque lo que hoy vivimos no es solo una diferencia de ideas. Es una degradación del respeto, una normalización del insulto, una peligrosa costumbre de convertir al contradictor en enemigo.
Unamos, aunque sea, nuestros esfuerzos para construir una paz integral. No una paz de discursos, sino una paz que se refleje en la manera en que hablamos, en cómo disentimos, en cómo miramos al otro sin rabia.
Vivimos en un país privilegiado: Colombia.Un país que muchos de afuera admiran más de lo que nosotros mismos somos capaces de reconocer.
Y no deja de ser irónico —y profundamente revelador— que sean los extranjeros quienes nos recuerdan lo que tenemos. Ellos lo han dicho con claridad: el verdadero riesgo de venir a vivir a Colombia no es la inseguridad ni su gente… es querer quedarse.
Mientras tanto, nosotros, los propios, insistimos en destruirnos entre nosotros.
Cada vez son más los que llegan, se arraigan, forman familia y adoptan esta tierra como suya, mientras aquí seguimos enfrascados en una lucha interna que no nos deja avanzar como nación.
Se aproximan elecciones, y con ellas, lo mejor… y lo peor de nosotros.
Porque no es la política la que nos está dividiendo: es la incapacidad de debatir sin odio. Es la pobreza argumentativa disfrazada de grito. Es la agresión convertida en herramienta.
No nos digamos mentiras: los insultos no eligen gobernantes. La descalificación no construye país. El odio no produce liderazgo.
La disputa por el poder —ese viejo “potro del gobierno”— debe darse con ideas, con propuestas, con visión; pero, sobre todo, con responsabilidad histórica.
Porque quien aspire a gobernar un país como Colombia no puede hacerlo sobre una sociedad fracturada por el rencor.
Y quien pierde, en democracia, también tiene un deber: aceptar. No como resignación, sino como respeto a las reglas del juego que dice defender.
Colombia no necesita más incendios. Colombia necesita contención.
Un país con tanta historia de violencia no puede seguir alimentándose del conflicto como forma de expresión cotidiana.
Ya hemos tenido suficiente muerte, suficiente dolor, suficiente derrota.
Persistir en el odio no es una postura política; es una renuncia a la inteligencia colectiva.
Por eso, este no es un llamado ingenuo. Es una advertencia serena:
O aprendemos a convivir en la diferencia…o seguiremos condenados a repetir nuestra propia historia.

Lo que viene debe ser para avanzar,no para revivir lo que ya fue juzgado —y condenado— por el tiempo.
La paz no será un decreto,ni un acuerdo firmado.
La paz empieza —y termina— en la forma en que decidimos tratarnos.

Gustavo Zuluaga Consuegra (ConcienciaAhora.com)




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